La pandemia de la exclusión

Las consecuencias de la covid19 incluyen el agravamiento de la situación de las personas sin hogar.

Cuando este pasado mes de marzo se declaró el estado de alarma y se decretó el confinamiento quedó patente que las personas en situación de sinhogarismo se quedaban fuera. Sus necesidades no son prioritarias y como tales los primeros días no serían tenidas en cuenta.

En las calles vacías, los que viven en ellas son más visibles. Se han convertido en sus únicos habitantes, en los únicos peatones de la ciudad.

Al cierre casi total de los servicios sociales de la administración pública se suma el de gran cantidades de entidades y asociaciones que trabajan con las personas que viven en la calle. Se produce estos primeros días un peregrinar de personas por las pocas entidades sociales que siguen abiertas y atendiendo. En las grandes ciudades son cientos las personas que intentan infructuosamente ser albergadas en algún centro para personas sin hogar o conseguir algo que comer. Tras ese caos inicial poco a poco se irán habilitando recursos de contingencia en los más diversos lugares y el flujo de personas se irá reduciendo.

Viendo esta evolución podríamos pensar que el problema ha quedado solucionado y que las personas sin hogar ya en pleno mayo están perfectamente atendidas en nuestros pueblos y ciudades. La realidad no es esa.

Muchos de los recursos habilitados no han tenido en cuenta las necesidades específicas de la población a la que dan servicio: masificación, falta de intimidad, problemas de salud mental y adicciones no tratadas, acceso de parejas o de animales de compañía…Estos son solo algunos de los problemas detectados, que en muchos casos han acabado con el abandono voluntario y/o la expulsión de los mismos.

Hacinamiento, sin suministros básicos o directamente en la calle.

El confinamiento ha mostrado con más crudeza la vulnerabilidad social y la precariedad con la que tienen que sobrevivir muchas personas y familias, con trabajos precarios, sin ingresos regulares y malviviendo en condiciones de hacinamiento, sin suministros básicos o directamente pernoctando en las calles.

Era fácil de imaginar que el confinamieno no sería igual para todos. Las personas y familias más vulnerables son las que han sufrido y probablemente sufrirán el mayor impacto de la situación creada por la covid19. Poder quedarse en casa, en condiciones dignas y con tres comidas diarias garantizadas, es un privilegio de clase que no puede permitirse todo el mundo.

A los miles de personas que antes del estado de alarma ya acudían diariamente a los comedores sociales se van a sumar ahora las que han perdido su vivienda o su habitación en un piso compartido por no poder pagar el alquiler. Alquileres que a duras penas abonaban con lo que sacaban con sus fuentes de ingresos informales o trabajos precarios; ya sea limpiando alguna vivienda donde ya no les necesitan, montando la terraza de un bar del barrio, aparcando coches, o pidiendo en la puerta del supermercado.

La

Se encuentran también en el grupo de las excluidas las decenas de miles de personas que se encuentran situación irregular, sin papeles y sin empadronamiento. Invisibles a la administración pública a la hora de solicitar una prestación. Esta por ver qué mecanismos se habilitan para que todas ellas puedan acceder a la renta mínima que se pretende implementar.

Confinados en la invisibilidad están las personas en situación irregular. Sin papeles, no existes para el sistema.

No hay una cifra exacta de cuántas personas sin hogar hay en el estado español. Más de 33.000 personas viven en la calle en España, según fuentes del sector dado que los datos del INE son de 2012. De igual manera no hay datos que cuantifiquen cuántas personas se han quedado, cruel paradoja, en la calle durante estos ya casi dos meses de confinamiento

Del mismo modo se carece de datos sobre cuántas tienen serios problemas para garantizar al menos una comida diaria. La sola visión de las largas colas en los repartos de alimentos que se realizan en los barrios obreros nos puede dar una idea aproximada.

La verdadera enfermedad que nos confina es la falta de justicia social.

Es evidente que la población empobrecida, abocada a la exclusión social, ha visto cómo desaparecía con el confinamiento sus ya de por si escasos medios de subsistencia. Esta situación es solo una primera y alarmante señal de lo que nos espera en la “Nueva normalidad” con un sistema capitalista que con estado de alarma o sin el sigue demostrando ser incapaz de cubrir las necesidades básicas del conjunto de la población.

Las personas sin hogar, las de antes de la pandemia y las que estas semanas están pasando a engrosar el colectivo, tienen que ser tomadas en cuenta. El no hacerlo nos llevaría a un estado de indignidad en la que resultaría bochornoso el recuerdo de la supuesta solidaridad. Resultaría una vez más que nuestra enfermedad no son los coronavirus sino la falta de justicia social.

Si no hacemos algo por evitarlo la desigualdad se perpetuará e incrementará. En nuestras manos esta pelear para que la consigna tan oída estos días de que nadie se quede atrás no se quede en palabras huecas. Pongamos la vida y las personas en primer lugar.

Síguenos y comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *