Cifras sin alma

A fuerza de escuchar y ver porcentajes, incidencias, gráficos, números y cifras ya todo nos parece igual. Si nos preguntan, seguro que muchos no sabremos a ciencia cierta si una cifra era la de contagiados o la de fallecidos o quizá la incidencia, ¿cómo es posible que intercambiemos las cifras sin más? Necesitamos traducir los números a personas, la mayoría ancianos y ancianas que han sido felices, han sufrido, han amado, que nos han regalado este país y, al final de su vida, los hemos dejado solos, convertidos en un número. Angelina, por su edad, podría ser un número de cualquier cifra de fallecidos.

Angelina

Angelina soñaba con ser actriz, a los 13 años formaba parte del grupo de teatro del Instituto de su pueblo. El estallido de la guerra la pilla representando Angelina o el honor de un brigadier, de Jardiel Poncela; tenía talento, decía la reseña del periódico local. Para a ella, como para miles de mujeres en este país, los sueños se fueron por el sumidero de la guerra. 

En 1937 embarca con su hermano de 11 años y su tía en la bodega de un pesquero rumbo a Francia. La aventura dura poco, las autoridades francesas los devuelven a España y pasan la guerra civil cada uno en una masía en Cataluña. La comida escasea y los viajes a Barcelona con la cartilla de racionamiento los pasa Angelina de refugio en refugio a cubierto de los bombardeos y escapando de los que le ofrecían comida a cambio de «favores». Así, sin noticias de sus padres, transcurren casi dos años de hambre, miedo y soledad.

La guerra ha terminado y cientos de refugiados se agolpan en la estación de Barcelona de vuelta a casa. Angelina nunca olvidó ese día, un joven del pueblo le quemó una pantorrilla con un hierro caliente, como si de ganado se tratara, «para que no te olvides de mi», le espetó, simplemente no quiso ser su novia. El viaje al Norte duró más de una semana. Amontonados en vagones destinados al transporte de ganado y sin comida iban parando en vías muertas.

Angelina recordaba con una mezcla de tristeza y emoción cómo en algunos pueblos les daban pan y, en otros, le tiraban piedras al grito de ¡rojos! En una de las estaciones alguien se acercó preguntando si había gente de Avilés, era uno de sus primos; les prometió una hogaza de pan caliente, el tren partió al poco tiempo y el pan nunca llegó. Esa sería la última vez que vio con vida a su primo.

El encuentro familiar se tiñó de negro, abrazos, pesares y luto. Su madre, Mercedes, lucía una cabeza rapada que las fuerzas del orden impedían cubrir con un pañuelo.  El abrazo al padre se quedó en el aire: había sido fusilado y arrojado a una de las muchas fosas cavadas en Asturias. Mercedes vivió los cuarenta años de dictadura en silencio, trabajando y esperando el cobijo de la noche para aferrarse a las voces de La Pirenaica y de Adelita del Campo en Radio París, emisoras prohibidas en España. Al final de su vida solo aspiraba a ver pasar el féretro del dictador, pero no pudo ser, Mercedes falleció un año antes que él.

La ferocidad de la represión física y, sobre todo, psicológica llegó a tal punto que el duelo por los desaparecidos cargó durante años la espalda de los vencidos. Se cerraban ventanas y puertas y durante muchos años el miedo cubrió de un manto gris media España.

Cada número es una vida

Todas las personas fallecidas tienen una vida, una historia. No merecen formar parte del anonimato de un número, esta generación que la pandemia se está llevando por delante son una parte importante de la historia de este país, con su silencio, sus renuncias, su humillación durante cuarenta años de dictadura y, sobre todo, su coraje y generosidad han colocado los cimientos de esta Democracia que nos ha permitido vivir en paz a dos generaciones de españoles. Tenemos muchas deudas con ellos y una infame: no haberles devuelto a sus muertos. Hace años muchos no pudieron despedir a los suyos y ahora la pandemia les arrebata el último abrazo. Ha sido una vida de ausencias.

Cada número es una vida, una historia, no banalicemos su muerte detrás de una cifra. Imaginemos sus vidas para que permanezcan vivos en nuestra memoria, como Angelina y Mercedes permanecen en la mía.

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