¡Estaba tomando cañas!

Estábamos tomando cañas. El mundo de las reuniones por Zoom ya es el pasado.  Se acabaron los seminarios con ponente con pijama de cintura para abajo. Una reunión trufada de ex encontrados por casualidad, en una barra de bar, como antaño maricastaño. Había quien no recordaban ni cómo se cogía la postura esa con el codo en la barra.

­– Las cosas no van bien por ahí fuera, queridos ex – dice una ex, con un bigotito de espuma bajo la nariz.

Y es que la pandemia también se ha llevado por delante los medios de subsistencia de poblaciones enteras en los países de bajos recursos. La pobreza extrema crece en más de 115 millones de personas en el mundo según datos de Naciones Unidas. Entre los vulnerables, las mujeres y menores son los que han sufrido un mayor impacto.  Y es que la desigualdad no crece, se multiplica.

Pero ¿quien le coloca este mensaje de plomo a una sociedad como la nuestra, agotada y asustada por su propia negrura económica y que ya solo ve en la vacuna el fin de la noche? Que lleva meses discutiendo el horario de los bares como si eso fuera el artículo uno de su constitución.

– Pues el viernes me comí un atasco prepandémico al ir a recoger a la prole al cole – coincide un ex, con la mascarilla en la barbilla.

Solo las mascarillas, una especie de concesión a la pesadilla, diferencian la vieja de nueva normalidad. Las vecinas, los vacunados o los citados, y los hartos, viven ya de espaldas a la covid. En otra cosa mariposa.

– Supongo que ya no podemos más – y me llevo una aceituna rellena de anchoa a la boca –¿Cómo vamos a seguir hablando de mantener la distancia social, la limitación en las reuniones, el lavado de manos, después del fin de la alarma?
– El día 9 va a ser el como entierro de la sardina– y ¡chas! boquerón en vinagre «pa’dentro».

Las noticias siguen trufadas de drama. El lema de los medios parece ser: «si no puedes informar, al menos acojona». Debe ser que el miedo vende más y caemos en la trampa una y otra vez de creernos que lloverá cuando lo dice el vendedor de paraguas. Ahora que ya no venden los trombos de las vacunas, vamos a ver cómo salta el mundo por los aires.

– No es solo lo que pasa en la India ahora, sino que no hay motivo para que eso no pase en Pakistán en un mes y en Tailandia en 6 – comenta un ex recién llegado de por allí, mientras le pedimos unos berberechos de lata, por lo de prevenirle la anemia.
– No es India, mira lo que está pasando en Colombia– añade un ex con el que compartí mucho tiempo en sus selvas – Están disparando a la gente, el ejercito está disparando a la gente con la excusa de frenar revueltas, pero detrás de todo esto están las consecuencias de la pandemia, la desigualdad multiplicada– Algunos países están encontrando la justificación para reactivar modelos represivos y de control de la población ante el silencio internacional en el que cada uno está preocupado por su propia convulsión.

–Es que no le va a importar a nadie – dice el recién llegado mientras se le escurre un calamar del bocadillo.
–Está todo el mundo pendiente de vacunarse y de volver a su vida normal– responde el ex del atasco.
–Pero con la que hemos pasado en las residencias o la que está cayendo en muchas casas, ¿no deberíamos entender mejor lo que está pasando en todos estos sitios? – insiste, probablemente aun afectado por el humo de las calles de Bangalore.
–Si, y ahora di que saldremos mejores de esto – añade nuestra cínica de cabecera, apurando su segunda cañita.

Muchos de estos países no se vacunarán hasta el año 2024, por la acumulación de vacunas en este lado y la insuficiente producción en términos globales. Me pregunto qué habrá visto en su bola de cristal el departamento de estado de los EE. UU. para que ahora apoyen, contra la opinión del mismísimo Gates, la exención de patentes para las vacunas en la Organización Mundial de Comercio. Solo el anuncio ya ha provocado la caída en bolsa de algunas de sus más poderosas industrias, generosas contribuyentes a las campañas presidenciales, a pesar de los millonarios resultados que acaban de publicar.

– Chungo deben verlo, muy chungo ¡jefe, pon otra de bravas aquí!

En su 5G han debido ver un mundo en que la desigualdad galopante puede encender mechas en muchos polvorines, que justifiquen reacciones represivas, y que haga que la pandemia de la desigualdad sobrevenida sea peor que la del Covid. Vamos, lo de siempre, pero a lo bestia.

–Oye, solo falta que nos podamos echar un piti aquí dentro.
–Pero si ya no fumamos nadie.
–Ya, pero somos libres, ¿no?
–Si, y un poco gilipollas. ¡Ponga otra ronda, jefe!

Firma del Post:

-Rafael Sotoca. Médico de familia y activista sanitario. Fue director general de asistencia sanitaria de la Comunidad Valenciana.

Síguenos y comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *